Responsabilidad Social Compartida?

 

Situados en el lustro del Me Too y de los Fridays For Future, hoy resuenan, quizá más que nunca en nuestra sociedad, palabras como sostenibilidad, igualdad o justicia social. Y cómo no, el mercado, Alexa y Siri han estado escuchando. Tal y como numerosas autoras han demostrado, y todas sabemos, el sistema económico capitalista es capaz de reinventarse absorbiendo parte de aquellas corrientes contrarias o críticas para neutralizar su potencia destructora. Esta capacidad de integrar al enemigo está en la base de la Responsabilidad Social Corporativa (RSC), una iniciativa que puede parecer bajo la lógica actual, la alternativa que conseguirá solventar las injusticias sociales mediante el progreso y la estabilidad de la economía mundial. Permitámonos dudarlo.

Pero ¿qué es eso de la RSC? Esta práctica empresarial cada vez más extendida, consiste en tomar decisiones corporativas menores, considerando temas sociales como la educación, la sostenibilidad o la integración. Estas decisiones son un pequeño apéndice del modelo de gestión tradicional que rige la actividad principal y mayoritaria de la empresa, donde se siguen ignorando estas mismas cuestiones, en pro de maximizar los beneficios estrictamente económicos. La RSC aparece como una forma de equilibrar la balanza de cara al consumidor, contrarrestando los perjuicios o externalidades negativas de la empresa con una serie de beneficios programados, puntuales e insuficientes. Estrella Damm, con no uno sino dos anuncios este verano, nos ha dado un ejemplo claro de cómo muchas empresas siguen hoy en día en línea con la RSC. 

La RSC ha sido ampliamente analizada y criticada desde una concepción deontológica por su carácter superficial y su uso como mera herramienta de marketing. Podríamos pensar que es casualidad que Pantene, la famosa marca de champús, haya sacado una campaña de publicidad reivindicando las canas en las mujeres el año en el que más de 770.000 personas salieron a la calle en España el 8M, o no. Por otra parte, desde un punto de vista utilitarista, la dependencia total de este tipo de iniciativas a unos buenos resultados económicos, hace que sean poco estables, cortoplacistas y por tanto ineficientes a la hora de resolver problemas e injusticias sociales en la mayoría de los casos estructurales. Si bien, la mayor crítica que se le puede hacer la RSC (y otras iniciativas capitalistas similares como el Capitalismo Consciente, C. Virtuoso, C. Creativo) es el peligro que alberga para la sociedad. En primer lugar, peligro a una conformidad con cambios superficiales y estéticos, que dificulta innegablemente la lucha hacia el ideal de justicia sustancial, ¿o es que no habéis oído nunca?: “Pero si las mujeres ya estamos muy bien, tenemos las mismas oportunidades que los hombres”.

Por otra parte, la expansión de estas estrategias está unida a la evasión de la responsabilidad ineludible del Estado y la sociedad de luchar de forma activa contra las injusticias sociales. Este fenómeno quedó descrito por Uma Narayan (2005) para el caso de los microcréditos, demostrando que cuando estos se popularizaron se produjo un descenso de las políticas estatales destinadas a luchar contra la pobreza. El traslado de dicha responsabilidad social, no acaba en las empresas y corporaciones, sino que en gran medida va más allá, llegando a situarse en la consumidora por haber elegido un producto o servicio contaminante, producido mediante explotación laboral o que reproduce los roles de género. No debemos pensar que cada persona está exenta de responsabilidad al respecto, sin embargo, en ningún caso dicha responsabilidad ha de recaer íntegramente sobre nuestros hombros de manera individual. El poder y espacio de acción de la sociedad como un todo y del Estado como aparato de la anterior, los hace merecedores necesarios de dicha responsabilidad social. Solo en la Biblia David vence a Goliat

Cabe reflexionar sobre cómo la incorporación de determinadas preocupaciones sociales en la ecuación de la gestión corporativa por parte de empresas privadas dentro del libre mercado, es un signo no solo de la imperfección del sistema hegemónico capitalista, que no ha sido capaz de una distribución justa de los bienes y servicios materiales y culturales, sino también de la tenacidad de este por sobrevivir. Si la RSC es el último lavado de cara del capitalismo para aguantar en pie a pesar de las turbulencias más recientes, es nuestra responsabilidad analizarlo detenidamente para conocer en detalle sus virtudes y defectos y construir un análisis normativo crítico en torno al mismo.

 

Ana Pardo López

 

-Narayan, U. (2005). Informal Sector Work, Microcredit and Third World Women’s “Empowerment”: A Critical Perspective. Trabajo presentado en el XXII Congreso Mundial de Filosofía del Derecho y Filosofía Social, Granada.

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