Una alternativa energética europeísta

pobresaenergiaLa debilidad de la respuesta del Consejo Europeo para reducir la dependencia del gas y el crudo de Rusia ante la crisis de Ucrania es una demostración de las dificultades para desarrollar una política energética común. Los intereses nacionales siguen impidiendo una visión energética supranacional y convierten la seguridad de suministro y los impactos del cambio climático en una barrera para el futuro de Europa. La energía compromete el progreso de la integración europea por el elevado coste de la dependencia energética y de un mix todavía basado en los combustibles fósiles y las nucleares.

La energía compromete el progreso de la integración europea por el elevado coste de la dependencia energética

El liderazgo mundial de la Unión Europea en la lucha contra el cambio climático se ha debido a los objetivos de renovables, eficiencia energética y reducción de emisiones de CO2 para 2020. Mantener ese liderazgo dependerá del cumplimiento de los objetivos para esta década y de la determinación de nuevos objetivos para 2030.

Los tres objetivos han de ser vinculantes y con compromisos nacionales sobre los que girará la competitividad de la economía. El Parlamento Europeo acordó para 2030 objetivos mínimos de reducción de emisiones de CO2 del 40%, un 40% de ahorro de energía y un 30% de renovables. Los objetivos a largo plazo son necesarios para dar seguridad jurídica a las inversiones, eliminando medidas retroactivas, y para desarrollar la integración de más renovables en las redes y sistemas de almacenamiento energético.

Las renovables reducen los precios en el mercado mayorista de la electricidad y reducen las importaciones energéticas. La no existencia de objetivos de renovables y eficiencia energética, como proponen las eléctricas europeas y algunos Estados miembros, repercutiría en un mayor coste de la energía porque las renovables son más baratas que los combustibles fósiles. El enfoque integral de los tres objetivos producirá ahorros anuales a la Unión Europea que oscilarían entre 175.000 y 320.000 millones de euros, y crearían en 2020 tres millones de empleos en las renovables y dos millones en la eficiencia energética.

El modelo energético convencional ahonda la pobreza energética

El modelo energético convencional ahonda la pobreza energética al potenciar las energías más caras y contaminantes, que hay que importar a precios que se imponen desde el exterior y se aplican sin ninguna transparencia. La transición hacia un nuevo modelo energético descentralizado y distribuido es una condición no solo para la reducción de los costes de la energía, sino para un sistema eléctrico más democrático, que reconozca el derecho de acceso al autoconsumo y las energías renovables como nuevos derechos de ciudadanía.

Una política prioritaria es la implantación de un marco normativo de eficiencia energética en los edificios y el transporte por su gran potencial de ahorro de energía: un 61% y un 41%, respectivamente. El cumplimiento del objetivo del 40% de ahorro de energía elevaría la reducción de emisiones de CO2 hasta el 50%, y el de renovables, al 35%. Para ello se ha de insistir en la obligación de cumplir las directivas europeas de eficiencia energética, eficiencia energética de edificios y de renovables.

El cumplimiento del objetivo del 40% de reducción de CO2 resulta incompatible con el desarrollo del gas pizarra y con los proyectos de fracking, por su falta de transparencia con respecto a contaminación química, uso del agua, protección de la salud pública y responsabilidad civil.

Se ha de avanzar en las inversiones necesarias para alcanzar el 10% de capacidad de interconexión eléctrica entre los Estados miembros y en la oferta de almacenamiento de energía para desarrollar un nuevo modelo energético, basado en la generación descentralizada a través de la microgeneración y el autoconsumo, con la participación de los consumidores en la gestión de la demanda y facilitando la creación de iniciativas ciudadanas como las cooperativas.

Los objetivos para 2030 deben vincularse a la política industrial por su impacto en la economía y el empleo, aprovechando las fuentes energéticas propias como mejor alternativa para reducir los precios y la dependencia energética. El liderazgo de Europa dependerá de que supere los intereses nacionales, determinados por un mercado concentrado en un reducido oligopolio, y se abra a un modelo de generación distribuida en el que el consumidor sea el centro del sistema.

Javier García Breva
Experto en políticas energéticas
www.tendenciasenenergia.es

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